Hoy vuelve con fuerza el mensaje de la luz, que resplandece para todos los pueblos de la tierra. Luz condesada en una estrella y orientada hacia Dios nacido en nuestra carne, Luz verdadera que no conoce el ocaso. Y que se hace adoración y compromiso de amor para quienes son iluminados por ella. Los magos, escrutadores de la inmensidad, encuentran por fin hoy la causa de su estrella. El Niño que ha nacido es Luz para la oscuridad de su perplejidad, es Respuesta para sus interrogantes más profundos, es Descanso para su peregrinar inquietante. Por eso, “cayendo de rodillas, lo adoraron”.
La Luz que es el Señor Jesucristo hoy se nos ofrece a todos. También hoy las tinieblas cubren la tierra de algunos corazones humanos, zarandeados y angustiados por la zozobra de un futuro incierto. Quizás cada uno de nosotros, que ahora leemos esta reflexión, también tenemos en las honduras del ser nuestros recovecos personales de oscuridad: desconfianza, temores, egoísmos recalcitrantes, tristeza de origen difuso, insatisfacciones inconfesables, salud quebrada, metas que se han ido desplazando… Él, el Dios cercano y ofrecido al mundo, a todos nos regala la Luz que encierra su misterio de entrega, de vida que no acaba, de plenitud que enciende resplandores de firme esperanza.
Acoger y adorar, como los magos, esta Luz, nos llama y exige a ser también nosotros luz. ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo ser cada uno de nosotros hoy estrella, luz, eco, que refiera al Misterio de Dios? Aunque suene a manido, tendremos que volver a los caminos tantas veces trazados, y siempre faltos de intensidad en la vivencia.









